«La peste» de Albert Camus, un análisis post-2020.

Es imposible no preguntarse cómo una pandemia ocurrida hace dos siglos tendría algo que decir sobre nuestra sociedad en los 50’s, pero aún más imposible es imaginarse que sigue dando mucho de qué hablar en nuestra propia actualidad. “La peste” (1947) de Albert Camus es una novela corta a modo de crónica sobre la reaparición de la Peste Negra en la ciudad de Orán, las fronteras se cierran, los recursos escasean y la cordura tiende de un hilo. De un día al otro la vida de los personajes se ve interrumpida abruptamente, desde el turista hasta el médico deben ayudar o morir. Cuando las calles se vacían y la vida social que inundaba las calles cesan, cada ciudadano encarna un arquetipo de persona durante la crisis. Todo se mueve bajo la misma premisa, ¿quiénes somos cuando nuestro hogar se vuelve una guerra invisible? Nunca hay una sola respuesta.
Para tener un entendimiento mejor sobre los personajes, se recomienda leer el artículo acerca de estos.

El padecimiento de los sanos.

Podríamos pensar que la agonía se la llevan los enfermos y sus allegados, quienes son donde la enfermedad ha dejado huellas irreparables arrebatándoles la vida. Sin embargo, un precio igual o todavía mayor se lo llevan los sanos. No solo cargan con el peso de la muerte, inalcances de detenerla por más restricciones que se pongan o ayuda que ofrezcan, sino porque tienen que ver todo derrumbarse mientras lo procesan. Uno de los casos más positivos del relato es el rol de Joseph Grand. Este hombre, pese a sus propios problemas de salud, fue el primero en salir a ayudar a Rieux a ayudar a los enfermos de Orán. Desde el principio de la obra se demuestra como un hombre servicial y amable, atento a las necesidades de los que tiene cerca, como el día que Rieux se intenta suicidar y él llega a salvarlo. Podríamos pensar esta fijación como un escape de su vida, atrapada y monótona en la misma rutina. Mantiene un trabajo de ofician repetitivo, no tiene la voluntad para protestar por nada, ni siquiera logró que su ex-esposa no lo deje. La pandemia y el encierro fueron un motor de cambio positivo para reencontrarse consigo mismo. El padecer constante de los sanos puede verse en el voluntariado exigente, la vida sin comunicación y el cuidado constante para uno mismo y de los que los rodean; sin embargo, algunos pueden ver este momento como un punto de transformación y no retorno y hacerlo jugar a su favor. Definitivamente, el 2020 fue un contexto completamente distinto para aquellos que se aislaron del mundo que quienes lo vieron como un momento para abrirse a su comunidad.

El encierro.

Antes del encierro, y como podemos ver en las breves descripciones de los personajes, cada una respeta un rol bastante propio.
Uno de los casos más representativos es el de Cottard. Primero quiso suicidarse bien al principio de la novela, harto de la ansiedad que vivía por el acecho de sus crímenes. Es salvado justo a tiempo por su vecino Grand, un hombre que representa la verdad, el deber y la razón en la novela, como hablamos antes. Sin embargo este punto en el que toca fondo no le sirve de remisión y se aprovecha de la desolación y la crisis económica para hacerse rico vendiendo mercancía traficada del exterior. Durante toda la novela, se hace un cuestionamiento si no puede o no quiere ver más allá del crimen como forma de vida.
Un día llega la enfermedad a su cuerpo. Como era inevitable, la sacudida de fiebre y todos los síntomas que padecen los enfermos le pegan de sobremanera. Estaba seguro que no sobreviviría, hasta Rieux, quien lo estaba cuidando, se estaba despidiendo. Contra todo pronóstico, se convierte en una de las pocas personas que logran combatir la enfermedad solo con sus anticuerpos, un milagro sin igual. Esta suerte solo reconoce un castigo peor, él, un criminal que intentó morir anteriormente, ahora había sido bendecido con lo que tantas personas querían más que nada
para ellos y sus seres queridos que ya no están. ¿Por qué él y no ellos? Sin dudas es una señal, después de ver a tanta gente honesta morir, la vida de los sobrevivientes se transforma en culpa o en motor para cambiar la situación en la que viven. Por suerte, Cottard elige la segunda.
Otra transformación fue la vida del magistrado Othon. Al comienzo, fue de los primeros en intentar retrasar el aislamiento de la cuidad, ya que eso afectaría muy fuertemente a la industria. Cuando el avance de la peste fue innegable, intento utilizar su posición social para mantener lejos a su familia. A pesar de su alto estatus, la enfermedad no sabe de posiciones sociales y termina tomando la vida de su hijo, quién muere tras un doloroso tratamiento experimental. El magistrado, quien era un hombre severo y serio, fue suavizándose al reconocerse como parte de un todo, un sufrimiento común del que no puede escaparse.
Aquella sensación del ser todo de algo más grande la perdimos en el cambio de la naturaleza a la civilización, donde el individualismo nos colonizo. Sin dudas, estar inmersos en el mismo encierro, por lo menos, pudo acercarnos un poco a ese sentimiento tan diluido en nuestra actualidad.

Sentido de comunidad.

Durante el relato, el desarrollo de los personajes gira entorno a los desafíos que tienen que afrontar para evitar y controlar las muertes, olvidando todo el peligro que supone para ellos estar constantemente expuestos a estos peligros.
La gran parte de los protagonistas tuvo que olvidar sus deseos y aspiraciones personales para dedicarse al servicio de la comunidad. Si bien Rieux ya se dedicaba a la medicina, ahora descansaba en sus hombros el peso de una ciudad completa que moría día a día, sumado a todos los tratamientos experimentales fallidos. Por el resto de los personajes, esta experiencia fue destructiva como inicio de algo nuevo, dejaron sus viejas ocupaciones (muchas que ya no encontraban llenadoras, como el caso de Grand) para convertirse en héroes colectivos.
Uno de los mayores cambios de personalidad fue el de Rambert, quien logró negociar con unos contrabandistas para que lo saquen de la ciudad en barco por una suma exorbitante de dinero. Este acepta, sin embargo, no puede dejar a sus compañeros, con quien tanto tiempo había compartido, sumergidos en el desastre mientras él escapaba como un cobarde. Esta humanidad lo llevaría a transformarse en un miembro activo de el trabajo humanitario en Orán.
Este personaje nos deja un mensaje muy claro, como logramos ver en otras historias sobre catástrofes, nadie se salva solo. Crear sentido de comunidad no es solo un direccionador, es un modo de supervivencia, y, sin dudas, el más efectivo.

Nuevos líderes y la conciencia colectiva.

En el relato, un personaje que desarrolla una única función muy específica pero esencial para la historia en la fé del pueblo; el padre Paneloux. Este hombre lo vemos por primera vez en la historia en lo que los personajes definen como “el primer sermón”. Este sacerdote, dio una audiencia pública, bastante larga, en la cual relataba cómo el sufrimiento de la ciudad era completamente culpa de la impiedad de sus habitantes. Dios había descargado tantos años de pecado en una sola gran crisis, según él, y para sobrevivir a ella tendrían que unirse a la Iglesia en la que él estaba. De todas maneras, se une al trabajo comunitario. Es allí donde la realidad lo alcanza. Su punto de vista de la situación cambia radicalmente trás presenciar la muerte de un niño, el hijo del gobernador Othon, prolongada y dolorosa. Incluso su Dios había tratado sin misericordia a un pequeño que no era culpable de ninguno de los pecados del mundo, lo que es un shock de realidad.
Tras este episodio, Paneloux vuelve a hacer una audiencia pública, un nuevo sermón. Sin embargo, este tiene un enfoque completamente distinto, ahora reconoce que la enfermedad como tal constituye un gran misterio incluso para los creyentes. Ante esta ambigüedad, surgen solo dos caminos: o se pierde la fe o se reafirma en su propio desconocimiento de las razones divinas.
Paneloux no llega a sobrevivir a la peste, enferma poco después de una enfermedad que, aunque coincidente con la epidemia, no es exactamente los mismos síntomas (por lo tanto, es desconocida). Sea una sepa diferente o no, podemos elegir verlo como un castigo de Dios por su trato a la gente en su nombre, o como una aceptación de paz en el más allá. El padre decide no aceptar ningún tipo de tratamiento, se deja a merced de la Providencia, mostrándonos lo fuerte que era su fe sin importar la causa (al punto de costarle una posible salvación terrenal).
El más allá durante las crisis siempre se ofrece como un consuelo rápido al miedo de una comunidad, los líderes de estos grupos saben identificar los momentos justos para hacer llegar su mensaje. Podríamos pensar en cuántos de ellos estuvieron inmersos en nuestra comunidad, tal vez no en forma de padres de iglesia sino de personas digitales, para usar nuestro dolor y cambiarnos a su favor. Pero, principalmente, tal vez me da más esperanza pensar que nosotros también cambiamos a esos lideres, o el propio mundo les hizo reubicar su juicio.

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